‘Exodus: Gods and Kings’, de Ridley Scott

En 2013 Ridley Scott tuvo que ver como la crítica destrozaba ‘The Counselor’, que partía de un guión del escritor Cormac McCarthy (previamente adaptado a la gran pantalla en ‘The Road’ y ‘No Country For Old Men’) para contar una historia de violencia y narcotráfico en la frontera de Estados Unidos con México. En Siempre en VO no dudamos en alabar en su momento la película de Ridley Scott (curiosamente en un filme donde la autoría del director se diluía entre la magnánima narrativa de McCarthy) pero después del fracaso de ‘The Counselor,’ Ridley Scott volvió a terreno conocido dirigiendo una épica superproducción, la bíblica ‘Exodus: Gods and Kings’

En un año donde ya hemos disfrutado de una adaptación del Antiguo Testamento de la mano de Darren Aronofsky con su particular visión de la historia de Noé (‘Noah’, 2014), es inevitable caer en las comparaciones: aunque Ridley Scott tiene el oficio y la experiencia para crear una obra más espectacular, la película de Darren Aronofsky tenía alma de autor bajo la apariencia de un simple blockbuster. En cierta forma, ‘Exodus: Gods and Kings’ es la película que revaloriza ‘Noah’ y que la hace destacar, aún con sus imperfecciones, entre la avalancha de blockbusters épicos que se producen cada año.

Pero hablemos de Éxodus: aquí se explica la historia de Moisés, de sobra conocida por todos, la cuál dice que liberó a los hebreos de la opresión egipcia. Para interpretar al profeta, Ridley Scott contó con Christian Bale, mientras que Joel Edgerton se ocupó del papel antagonista, el faraón Ramsés. Los dos resultan bastante convincentes, y en realidad son los únicos que tienen algo de interés entre el difuso conjunto de personajes que pueblan esta historia épica. Aaron Paul, el Jesse Pinkman de ‘Breaking Bad’ interpreta a Joshua, un personaje con apenas líneas de diálogos y al que podríamos definir vulgarmente como el perro de Moisés, aunque quizás si el profeta tuviera una mascota de verdad ésta tendría más entidad que Joshua. La pobre Sigourney Weaver, que volvía a trabajar con Ridley Scott 22 años después de ‘1492: The Conquest of Paradise’ y 35 de su obra maestra, ‘Alien’, se encuentra en una tesitura similar y su personaje, la madre de Ramsés, tiene un par de frases y apenas dos minutos en pantalla. Aparte de los actores claramente desaprovechados condenados a interpretar personajes desprovistos de alma, tenemos algunas decisiones de casting difícilmente defendibles. John Turturro es el padre de Ramsés, y al menos el que esto escribe no puede dejar de pensar en su personaje de ‘O’Brother’ o en su cameo en la bolera de ‘The Big Leboswki’. Entre tanta solemnidad es imposible tomarse en serio a John Turturro, y lo mismo sucede con Ewen Bremmer, que interpreta a un científico y que con su absurdo intento de hacerse el gracioso nos hace venir a la cabeza la escena de la entrevista de ‘Trainspotting’. Entre tantos errores de casting y actores desaprovechados, al menos María Valverde, actriz española, tiene más relevancia de la esperada y consigue hacer un buen papel como Séfora. Bien por ella.

Incluso en el caso de Ramsés, interpretado por Joel Edgerton de forma más o menos solvente, su desarrollo dramático es exageradamente poco sutil teniendo en cuenta que la película dura dos horas y media, y que tanto guionista como director podrían haberle dedicado un poco más de tiempo a describir a su personaje, pues pasa de ser un gran amigo de Moisés a odiarle a muerte en cuestión de minutos, convirtiéndose al final en un tirano cuya humanidad solo aparece cuando se preocupa de su hijo. También hay que destacar la forzada aparición del personaje de Aaron, hermano mayor de Moisés, que de pronto, sin que los responsables del film se preocupen por describirlo mínimamente o conferirle un poco de interés, se convierte en un personaje importante en la trama como uno de los hombres de confianza de Moisés.

Pero no todo es malo en la última obra de Ridley Scott, pues como decía al principio hay que reconocer su capacidad para crear un puro espectáculo visual, y la recreación de Egipto, con sus batallas, sus monumentos y sus gentes (contando con un incalculable número de extras) es de lo más acertada y extraordinaria. Además, cierta escena protagonizada por caimanes es terroríficamente impresionante, sin duda uno de los mejores momentos del filme.

El filme dura dos horas y media y se deja ver si no pensamos demasiado en los ridículos personajes y nos conformamos con las espectaculares escenas de acción; una película desprovista de una mínima espiritualidad o profundidad (a diferencia de ‘Noah’) que el espectador olvidará al poco tiempo de salir del cine.

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