Un servidor se sube al tren de Bong Joon-ho

Título: Snowpiercer
Director: Bong Joon-ho
Guión: Bong Joon-ho, Kelly Masterson (basado en la novela gráfica de Jaques Lob y Jean-Marc Rochette: Le Transperceneige)
Fotografía: Hong Kyung-pyo
Año: 2013
Duración: 125 min.
País: Corea del Sur
Productora: Coproducción Corea del Sur-EEUU; Moho Films / Opus Pictures
Reparto: Chris Evans, Song Kang-ho, Tilda Swinton, Jamie Bell, Octavia Spencer, Ewen Bremmer, Ko Ah-sung, John Hurt, Ed Harris, Alison Pill, Luke Pasqualino, Steve Park, Adnan Haskovic, Clark Middleton, Paul Lazar
Snowpiercer supone el primer filme en inglés del director surcoreano Bong Joon-ho, con sólo siete filmes en su haber, pero toda una reputación ganada a pulso. El realizador de las grandes obras Memories of Murder y The Host, cuenta en este filme con la ayuda de un plantel de actores de renombre de muchos rincones del mundo: Chris Evans, Jamie Bell, Song Kang-ho, John Hurt o Ed Harris son unas de las muchas caras conocidas que plagan el metraje.
Es el año 2014, y el calentamiento global ha llegado a un punto crítico, tan crítico que científicos de todo el mundo trabajan en una solución rápida al problema. Rápidamente encuentran una sustancia que lanzada a la atmosfera hará disminuir la temperatura hasta la perfecta para la vida, pero debido al poco tiempo con el que se ha trabajado, el experimento sale mal y el mundo se ve sumido en temperaturas típicas de una nueva era de hielo. Los pocos supervivientes de la Tierra viven todos en el Snowpiercer, un tren de movimiento eterno que atraviesa todo el mundo en un recorrido de exactamente un año de duración.
El desolador paisaje de una Tierra helada por los propios actos humanos.
Qué suerte tenemos de que Bong Joon-ho, paseara una tarde de 2004 por Seoul (durante la preproducción de The Host) hasta entrar en su tienda de comics habitual. Digo qué suerte, porque allí fue donde encontró la novela grafica del francés Jean-Marc Rochette, Le Trasperceneige, cuya historia le atrapó e hizo que su amigo y compañero de profesión Park Chan-wook leyera hasta quedar convencido de comprar los derechos para Bong. Qué suerte tenemos también de que el encargado de llevarla al cine, el mismo Bong, no la haya convertido en un panfleto pro-yanqui de tres al cuarto (pese a la batalla que ha mantenido con Weinstein, empeñado en recortar metraje), sino en una cinta de ciencia ficción distópica alejada de los cánones, uno de esos raros blockbusters de autor (el año pasado tuvimos Pacific Rim de del Toro, hay quién le gustó más, hay quien menos).
Snowpiercer atestigua que el mercado cinematográfico surcoreano está en alza. ¡Y de qué manera! El portentoso plantel de cineastas nacidos y criados en Corea del Sur poco o nada tienen que envidiar a cineastas de talla mundial estadounidenses: Na Hong-jin, Kim Ki-duk, Kim Ji-woon o los mismos Park Chan-wook (quién figura como productor de la pieza) y Bong Joon-ho son cinco de los muchos que hay en un mercado aún por descubrir aquí en occidente.
Fotograma de la (maravillosa) lucha con hachas.
Pero vamos al filme. Lo realmente interesante de Snowpiercer, más allá de ser un filme de impecable factura técnica (decorados, efectos especiales, maquillaje, vestuario, todo funciona a la perfección), ciencia ficción distópica de la más pura y acción excelentemente bien rodada, la idea de gente clasificada por su extracción social luchando por su supervivencia es macabra y a la vez maravillosa. El filme destaca sobre todo por la crudeza de sus imágenes, y unas actuaciones portentosas de todo el plantel, entre los que destacaría al siempre magnífico (y actor fetiche de Bong) Song Kang-ho, a un sorprendente Chris Evans, y una histriónica Tilda Swinton que transmite una mezcla extraña de odio y simpatía hacia su personaje.
Con su retorcido sentido del humor (negro, negrísimo), la belleza poética en la representación de sangre y violencia, su magnífico diseño de producción, y una dirección frenética, la personalidad del realizador no se ve manchada ni lo más mínimo. Su narrativa se mantiene intacta, y consigue impactar con imágenes duras al espectador, haciéndole reflexionar sin pretender dar un sermón. De Bong Joon-ho nos teníamos que esperar lo mejor, y las expectativas se cumplen.
Lo mejor: la escena en el vagón de las saunas y la de la lucha con hachas (deudora en cierta manera de Park Chan-wook y el plano-secuencia de Oldboy), amén del perfeccionismo técnico del filme.
Lo peor: flaquea un poco al final en un derroche de sensiblería. Aún así, el viaje merece mucho la pena.

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